“[Ser editor] no consistía en tener una imprenta, ni un taller de encuadernación, ni una fábrica de papel, ni siquiera de medios propios de distribución o de unos grandes despachos: una editorial consistía, ante todo y en primer lugar, en una mera carpetita llena de contratos de derechos de autor -ser editor consistía en elegirlos y conseguirlos y apostar por esos libros-, y, en segundo lugar, en congregar a un grupo de colaboradores capaces de proponer títulos y colecciones, de aportar contactos, de sugerir ideas, algo que Carlos Barral, el gran seductor, había logrado como nadie”.
Esther Tusquets. Confesiones de una editora poco mentirosa. Barcelona: RqueR Editorial, 2005.