“Hace poco me comentó su hija Elisa, que estuvo viviendo un invierno en mi casa mientras hacía unos cursos de postgrado, que algunas de las cartas que acompañaban en aquellos primeros tiempos los originales devueltos eran demoledoras y afectaban mucho a su padre, lo cual me sorprendió, no ya por la calidad que en este caso concreto tenían las obras -cualquiera puede equivocarse o disentir del gusto de otros-, sino porque un lector profesional debería saber -como sé yo, y lo dije ya en otro punto de estas confesiones- el trabajo que supone escribir una mala novela y la ilusión que se ha puesto en ella, y hace falta una dosis considerable de propia frustración o gratuita malevolencia para que este trabajo y esta ilusión no te merezcan un respeto”.
Esther Tusquets. Confesiones de una editora poco mentirosa. Barcelona: RqueR Editorial, 2005